lunes, 26 de junio de 2017

Mujeres en el arte: Esther Ferrer


Artista comprometida con las injusticias, su condición de mujer y que se siente orgullosa de la huella que el paso del tiempo ha dejado en su cuerpo. Comentó en una entrevista que lo único que le interesa es «no traicionarme a mí misma tanto en mis convicciones sociales y políticas como en mis ideales feministas».
Nació en Donostia – San Sebastián en plena Guerra Civil Española, concretamente en 1937, licenciada en Ciencias Sociales y Periodismo, su carrera artística comenzó a principios de la década de los 60 en su ciudad natal creando, junto al pintor José Antonio Sistiaga el primer Taller de Libre Expresión y la Escuela Experimental en el municipio vizcaíno de Elorrio, con la colaboración del gran arquitecto y escultor Jorge Oteiza.
En 1966 se unió al grupo Zaj, cercano al Movimiento Fluxus, que fue fundado en 1964 por Ramón Barce, Juan Hidalgo y Walter Marchettii, primer grupo de arte experimental español, posiblemente teniendo muy presente la música de John Cage. En el mundo de la acción, en general y  sobre todo la americana de la época, la influencia de Cage era evidente y su influencia les situó en la autopista de lo nuevo, de lo inédito, deflagrando todas las convenciones del arte para, según su ideario, sustraerse a la subjetividad. En él se mezclaba música y performance con un tratamiento radical. Ferrer realizó conjuntamente o de manera individual proyectos artísticos, especialmente performances que el público no entendía, pero que consideraba interesante por no trabajar con la formalidad institucionalizada.
“Casi nadie entendía nada. Pensaban que éramos un grupo de locos, pero para unos pocos sí tenía sentido. Entre otras cosas, porque dentro de lo que era este país en los años 60, nosotros no trabajábamos con la estética franquista”.
A partir de mediados de los setenta, comenzó su actividad plástica con fotografías, instalaciones, objetos artísticos y de una forma muy especial con obras basadas en el infinito, concretamente con la serie de números primos o Pi, que de alguna manera relacionó con el infinito y el cosmos.
Imagen del catálogo de la Bienal de Venecia de 1999
Al volver a España tras la gira americana de Zaj, le resultó insoportable vivir en el régimen franquista por lo que, decidió fijar su residencia en París, ciudad en la que sigue residiendo, produciendo arte a través de una reflexión incisiva, irónica y perturbadora sobre los objetos, el tiempo, el sonido, la acción, el aburrimiento y el ridículo, entre otros temas.
En 1999, junto a Manolo Valdés, fue seleccionada para representar a España en la Bienal de Venecia, ambos elegidos porque suponían opciones muy diferentes, pero con puntos en común ya que cada uno formó parte de grupos que significaban una ruptura con lo que se hacía en España en materia de arte: el Equipo Crónica y Zaj respectivamente”.
De toda la producción de Ferrer, cabe destacar sus Acciones y Performances en las que habla de lo inadvertido y de las propiedades poéticas relacionadas con el uso de objetos cotidianos como papeles o dados, con la escritura y el alfabeto, que han ido desplazándose a problemas asociados con la identidad, lo incomprensible de un lenguaje nuevo,  jugando con los conceptos tiempo – especialmente por la huella que deja en el cuerpo -, espacio y presencia, también con la repetición y la reiteración en todos los campos posibles.  
“Por lo que se refiere a la relación con el espectador, nunca pido ni cuento con la participación del espectador, creo que la performance es un espacio de libertad, yo hago una proposición, la que me parece oportuna,  libremente, y espero que los otros actúen también libremente, si quieren participar, es su derecho, si no quieren, también, nunca busco ni evito la participación. Hacer una performance es crear un espacio de libertad en la medida de lo posible”.
Por su propio equilibrio personal y artístico prepara sus Performances, escribiendo y estructurándolas previamente, para ello utiliza materiales pobres, casi minimalistas, a ser posible utilizando únicamente su cuerpo, que cargado de simbolismo facilita la metáfora. También incide en que el camino entre la Performance y la Instalación es muy corto y a veces circula en una doble dirección y que incluso la obra plástica comparte el mismo ADN.
En el 2008 fue galardonada con el Premio Nacional de Artes Plásticas, en el 2012 con el Premio Gure Artea del Gobierno Vasco, en 2014 el premio MAV (Mujeres en las artes visuales) y ese mismo año el Premio Velázquez  convirtiéndose en la segunda mujer reconocida con este galardón, creado con la pretensión de convertirse en el Cervantes de las artes, anteriormente sólo había sido concedido a la colombiana Doris Salcedo.
En su larga carrera como artista de performances ha participado en  Festivales tanto en  España como en el extranjero y su trabajo plástico ha sido expuesto en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Centro Andaluz de Arte Contemporáneo de Sevilla, Museo de Arte Contemporáneo de Roskilde (Dinamarca), o el Circulo de Bellas Artes de Madrid, por citar algunos. También ha impartido numerosos cursos en Universidades y Escuelas de Bellas Artes en Canadá, Francia, Italia, México y Suiza además de España. En su labor de articulista cultural, ha publicado en diferentes periódicos y revistas, entre ellos El País, Ere, Lápiz, El Globo y Jano.
Ferrer, en una entrevista del 2015, ha dejado muy claro su pensamiento respecto al papel de la mujer en el mundo del arte:
“Lo que ha evolucionado muchísimo es el movimiento feminista. Se adapta a las circunstancias cambiantes. Pero en el mundo del arte queda mucho por hacer. No hay más que ver las escuelas llenas de mujeres. Pero si ves las programaciones de los museos, las grandes vedettes son hombres, salvo excepciones. Pero esto está cambiando porque las generaciones jóvenes son muy activas, están muy seguras de ellas mismas y se apoyan en la lucha de las generaciones anteriores”