lunes, 29 de agosto de 2016

Así desafía al terror islamista la mujer más protegida de Francia: "No me voy a callar"






Zineb El Rhazoui apenas sonríe. Las pocas ocasiones en que lo hace coinciden con el relato de momentos surrealistas que se ha visto obligada a vivir desde los atentados en Charlie Hebdo, donde trabaja como periodista desde 2013. Entonces a su gesto risueño le acompaña un arqueo de cejas que delata lo absurdo de su situación.
Treinta minutos bastan para llegar donde me ha citado la mujer más protegida de Francia, en un barrio céntrico de París. No ha sido tan fácil para ella, que ha preparado este encuentro al detalle con sus guardaespaldas. Así lo hace desde que los hermanos Kouachi asesinaron a sus compañeros.

La voz de Zineb es firme pero se tambalea cuando evoca el día en que el terrorismo islamista derrumbó su mundo. “Yo estaba en Casablanca”, explica. “Me desperté pronto para enviarle a
Charb una propuesta para un artículo. De hecho, le proponía un tema sobre el Estado Islámico, que acababa de publicar un texto 'jurídico' que pretendía regir la venta de mujeres”.Algunos de esos guardaespaldas forman parte del primer equipo de protección que Zineb encontró al pie de su avión al aterrizar en París un día después del atentado contra el semanario satírico.
“Si compro dos hermanas, ¿puedo acostarme con ambas? ¿Tengo derecho a vender al hijo de mi esclava?”, recuerda con una media sonrisa indignada. Después su gesto cambia y dice: “Por desgracia, nunca recibí la respuesta de Charb”.
Zineb guarda un largo silencio.
Luego alza la voz y dice: “Después de enviar el correo, volví a quedarme dormida y me desperté con la llamada de un amigo marroquí, gritándome que dónde estaba. Le dije que en Casablanca. Recuerdo que me soltó: ‘¡Zineb! ¡Tiroteo en Charlie Hebdo!”.
Agita las manos y explica que mientras llamaba uno a uno a sus amigos deCharlie, estaba convencida de que encontraría al otro lado del teléfono sus risas canallas contándole que cuatro imbéciles les habían roto las ventanas. “Muchos no me contestaron”. Aprieta los labios y suspira. “Lo cual es lógico porque ya estaban muertos”.
Al día siguiente a primera hora, el avión de Zineb llegaba a París, donde se encontraría con los supervivientes del atentado. La vida que le esperaba en tierra nada tenía que ver con la que había dejado unos días antes en la capital.
Zineb durante la entrevista.
Zineb durante la entrevista. 

“MI CÁRCEL AMBULANTE”

A sus 34 años, Zineb lamenta haber perdido la libertad. “La mía. La de movimiento. No la de pensamiento ni la de expresión. ¡Ni mucho menos! Aunque yo vivo en esta cárcel ambulante, soy mucho más libre que esos gilipollas que quieren matarme”. Se señala la cabeza con el dedo índice: “Ellos tienen la cárcel aquí”.
Las amenazas que empezó a recibir a través de las redes sociales después del atentado hicieron que ese equipo reducido de guardaespaldas fuese creciendo hasta convertirla en la persona con más protección de Francia.
La ola de intimidaciones se extendió cuando la periodista concedió entrevistas en árabe a medios árabes. “Eso fue inconcebible para ese público, que no está acostumbrado a escuchar voces discordantes. Que yo me explicase sobre la portada del profeta en un árabe perfecto era todavía un insulto mayor”.
La periodista, especializada en Sociología de las Religiones, fue profesora durante años en una universidad de Egipto. “Hablo mejor árabe que todos esos terroristas”, dice con un atrevimiento del que no se arrepiente pese a estar en el ojo del huracán.
Pronto llegó “esa amenaza”. La que terminaría en la primera denuncia en la sección antiterrorista de la Policía Judicial. La profirió un tal Mohamed Ahmed “en un árabe clásico perfecto. Sin ninguna falta. Un árabe casi medieval”. Zineb hace memoria para reproducir con precisión el mensaje.
“Has escapado por un milagro del destino a nuestro augusto ataque de París en el que tus hermanos han perecido porque pasabas el Año Nuevo en Marruecos. Pero te juramos que no cerraremos los ojos hasta que no hayamos separado tu cabeza del resto de tu cuerpo”.

“TE VAMOS A DEGOLLAR”

Zineb recuerda lo impresionada que quedó la agente de policía que le atendió aquel día, que aseguraba no haber visto antes semejante ensañamiento.
Alguien le dijo: “Sucia puta, te vamos a degollar”. Pero aquello no le inquietó en absoluto. Sí encontró un vídeo que de nuevo llamó su atención. “Hace menos de dos meses que lo han borrado”, explica. “Estaba en YouTube. Es una especie de voz aterradora, automática, publicada por un grupo llamado Los Anonymous Juventud del Islam. Decían que ésta es una religión de amor y de paz pero que los textos eran claros: quien insultaba al profeta debía morir”.
La grabación terminaba con esta frase: “Zineb El Rhazoui, estás condenada a muerte. Muy pronto”.
Zineb se encoge de hombros. “No precisan cuándo, pero por lo que se ve será pronto”, bromea sin que el gesto le acompañe.
A estas advertencias se sumaron dos hashtags en lengua árabe que fueron compartidos más de 7.500 veces en Twitter en febrero de 2015. Con una normalidad escalofriante, los internautas aportaban una justificación teológica al asesinato de la reportera.
Los mensajes no solo alegaban los motivos por los que su asesinato sería justo a ojos del islam. También difundían un sinfín de métodos para llevarlo a cabo. “Si no tenéis balas ni bombas, aisladla. Abridle la cabeza con piedras gigantes. Degolladla. Quemadla viva o al menos quemad su casa”, enumera Zineb con una voz que esta vez no tiembla. “Ah. Compartieron fotomontajes con mi cara en el traje naranja de los rehenes de Daesh, con un terrorista armado detrás”.
Sus agentes se tomaron estas amenazas más en serio cuando se percataron de que se estaban produciendo intentos de geolocalización. “Compartían en redes sociales un mapa que iban rellenando con los lugares por los que yo iba, con el día y la hora incluídos. Decían dónde me habían visto o dónde había estado según mis redes sociales”.
En ese momento la protección aumentó muchísimo. Por motivos de seguridad, no puedo revelar el número de agentes que aguardaban durante la entrevista en la puerta del local.
Zineb.
Zineb.

HUIR EN EL PAÍS DE LA LIBERTAD

Ir a por el pan o bajar a comprar tabaco son movimientos que Zineb debe preparar cada día con su equipo de protección, del que sólo se separa a la hora de dormir. “Y eso porque en mi apartamento tengo otro despliegue securitario de otra naturaleza”, aclara.
“Mi apartamento”. Zineb llevaba meses esperando poder pronunciar estas palabras. A partir de febrero de 2015, cuando esas amenazas se hicieron palpables y continuadas, la periodista se convirtió a su pesar en una ciudadana nómada. Cada 48 horas un hogar diferente y esto durante más de seis meses. La solidaridad de sus amigos y los hoteles de París y alrededores vieron danzar a Zineb en una interminable lucha por no dejar rastro. En esta parte de la entrevista, recuerda con firmeza que la salud de una democracia puede medirse a través de la libertad de sus periodistas.
“Yo debo vivir en esta prisión ambulante para sobrevivir pero ellos no se esconden. Abdeslam, Al-Bakraoui y otros fanáticos que volvieron a atacarnos en Bruselas… Ellos se pasean tranquilamente y yo, que me expreso libremente en un país que se dice libre, que tengo un discurso acorde con la legalidad del país en el que vivo, tengo que vivir así. Algo falla, ¿no?”.
Lo que “falla” para la periodista es consecuencia de una acumulación de “errores y cobardías políticas” que a su parecer han conducido a una situación en la que aplicar la laicidad es sinónimo de islamofobia.
“Para mí esa palabra no vale nada: cero”, dice. “Aquí en Francia me llaman islamófoba los mismos que cuando voy a países como Marruecos me tratan de apóstata, traidora, no creyente. Y esto porque en Francia no pueden condenarme como harían en un país islámico. ¡Como si no ser creyente fuese un insulto!”.
Zineb cuenta que su día a día le ha llevado a vivir situaciones que califica de “surrealistas”. Explica que su relación con los guardaespaldas que la protegen es de respeto mutuo con inevitables momentos de complicidad.
“¡Pero todavía nos tratamos de usted!”, dice antes de recordar que un día entró en una tienda de ropa interior y bromeó con el agente: “¿Qué color me llevo?”. Se ríe. “Me compro sujetadores rodeada de hombres armados. En Francia. ¿Se da usted cuenta?”
Otras veces se levanta de su mesa en un restaurante para ir al baño. “Cuando estoy a punto de entrar, veo que ya están detrás de mí y da lugar a situaciones muy surrealistas. Nos decimos: “¡Qué baño tan sucio! ¡Qué mal olía ahí dentro, ¿verdad?”. Y sonríe de nuevo.
Pero la vida ya no es la misma.
Vivir, recuerda, también era ir dejando huellas de su paso por el mundo. “Incluso huellas administrativas. Mi existencia. Hasta eso debo cuidar”, lanza prefiriendo no entrar en detalles para no perjudicar su protección.
“Echo de menos esa despreocupación del día a día”, dice. “No sé, cruzar la calle y tomar un camino diferente al que está escrito en un plan trazado. Volver andando a casa de un bar, pasear sola o preparar una mochila a última hora y saltar en el primer avión que venga”.
Su gesto se entristece pero pronto regresa la voz firme y raspada por el tabaco y enciende otro cigarrillo. Dice que su deber es seguir por los que no están.
“Abrir todavía más el pico. Eso es lo que voy a hacer. Porque tengo la suerte de que el Estado francés me protege para que mis palabras no causen mi muerte. Cada día pienso en todos los periodistas que se atreven a decir lo mismo que yo con gran valor y sin esta protección. Y no hablo sólo de los que sufren las amenazas de la ley islámica. También los que informan bajo otras dictaduras o amenazados por mafias. Pienso en los periodistas mexicanos que se atreven a informar sobre los cárteles de las drogas arriesgando su vida”.
Zineb se incorpora en su sillón y agita de nuevo las manos: “Parto de la base de que el Estado francés no protege mi persona. Protege mi voz, mi libertad de expresión y mi mensaje. Así que no tengo derecho a callarme, y no lo haré”.
La periodista durante la conversación.
La periodista durante la conversación. 

“UNA BESTIA MALHERIDA”

El mensaje que Zineb defiende a ultranza continúa siendo el de una Francia laica. “Si tuvieran un poco de cultura, verían que los fascismos no han ganado nunca. Siempre han terminado humillados en una derrota absoluta e irreversible. Y eso es lo que les va a pasar a todos esos fanáticos”.
En varias ocasiones recuerda que el islam es político como cualquier otra religión desde el momento en que un ciudadano se declara musulmán antes que ciudadano, pues el texto sagrado regirá en él antes que las leyes del país en el que vive. “Esta violencia extrema que vemos hoy representa los últimos balbuceos de una bestia herida. Una bestia que se vuelve más violenta antes de morir”.
Zineb evoca escandalizada el caso del imam de Brest, que apareció en unvídeo en septiembre de 2015 explicando a un grupo de niños que la música según Mahoma era obra de Satán y que quienes la escuchen se convertirán en cerdos y en monos”.
“¿Desde cuándo aceptamos en Francia un discurso de adoctrinamiento así?”, dice Zineb.
Hasta su adolescencia vivió en Marruecos, donde todavía viaja para visitar a su familia. “Yo sé lo que es vivir en un Estado teocrático al que seguimos llamando moderado”, dice. “En Francia tenemos un dispositivo judicial que nos permite luchar contra el racismo y contra la homofobia, y pienso que ha llegado la hora de aplicar esas leyes a rajatabla. Ya es hora de dejar claro que en Francia las leyes priman sobre las creencias de las personas”.
Para la reportera, la extrema derecha y el fanatismo religioso defienden los mismos intereses. Se necesitan para sobrevivir.
Asegura que la batalla contra el islam político será larga. “En el plano ideológico, el proyecto del islam político ha fracasado. Ya solo le quedan las armas y la política terrorista. No nos vamos a librar de estos zarpazos mañana. La bestia todavía no ha salido de su guarida. Pero en el plano intelectual y a largo plazo, ya han perdido la batalla”.
Manifestación en enero de 2015.
Manifestación en enero de 2015. 

EL ADIÓS DE 'CHARLIE'

Seguir en Charlie Hebdo se ha ido convirtiendo en una misión imposible para Zineb El Rhazoui. Miembros de la redacción como el caricaturista Luzo el colaborador Patrick Pelloux han abandonado el proyecto a medida que se iban dando cuenta de cómo actuaba la nueva dirección.
“El futuro de Charlie Hebdo lo decidieron las balas”, explica la periodista. “De los cinco accionistas, tres murieron a manos de los terroristas. Entre ellos Charb, que era accionista mayoritario y director editorial”.
El azar de los disparos tiró por tierra los pilares del semanario francés. “Ahora Riss y Eric Portheault son los dos únicos accionistas. De la noche a la mañana, Charlie Hebdo dejó de ser un periódico indigente para convertirse en uno rico, uno de los más ricos del lugar”.
Zineb lamenta que Portheault, socio mayoritario, firme los editoriales de la publicación. “El socio mayoritario firmando nuestros editoriales. ¡Esto va en contra de la independencia y de la libertad!”.
En marzo de 2015, apenas dos meses después del atentado, empezó el verdadero pulso entre la redacción y la nueva dirección del semanario. Los periodistas firmaron en Le Monde una tribuna en la que denunciaban que el dinero recaudado por la explosión de ventas que siguió a la conmoción hubiera ido a parar a los bolsillos de los dos socios, y no a las víctimas de los atentados.
“Ese dinero está manchado de sangre”, recuerda Zineb. “Estamos hablando de casi ocho millones de ejemplares vendidos en el número que siguió al atentado. Nadie debería enriquecerse con la sangre de esas personas”.
Zineb nombra a Chloé Verlhac, viuda del dibujante Tignous. “Su marido era colaborador en Marianne. Pues bien, después del atentado ellos le hicieron un cheque y durante un año ha cobrado el sueldo de Tignous, cuando Tignous no fue asesinado en la redacción de Marianne sino en la nuestra. ¿Qué le ha dado Charlie Hebdo a Chloé? Nada. Cero”.
Defender esto le costaría una sanción a Zineb y a punto estuvo de convertirse en despido por falta grave. “Unos meses antes, me habían aumentado el sueldo y después de firmar la tribuna ya no era una periodista modelo sino un obstáculo”. Encogiéndose de hombros, Zineb suspira y lamenta la ironía que supone ver en qué se ha convertido lo que no hace tanto fue el icono de la libertad de expresión.
Después de los atentados de noviembre, Zineb El Rhazoui ha dedicado su tiempo a escribir el libro 13, que publica ahora ediciones RING. En este poderoso relato, la periodista saborea momentáneamente otra de las libertades de las que el fanatismo le ha obligado a despojarse.
“Ser reportera, hacer mi trabajo. Con este libro he podido contar la historia de 13 vidas que se cruzaron aquel 13 de noviembre”, explica. “Por desgracia, no serán las primeras, pero tenemos que seguir contándolas, por muchas que sean. Esas personas han vivido experiencias terribles y necesitan exteriorizarlo”.
Zineb admite que no sabe si seguirá formando parte de Charlie Hebdo. “Por ahora estoy de baja...”, dice mirando al suelo mientras acaricia su tripa de embarazada. Abre otro bombón de chocolate. El tercero desde que nos hemos sentado a charlar.  
La vida sigue. A pesar de todo.

Umoja, el pueblo donde los hombres están prohibidos




Umoja, situado en el país africano de Kenia, fue fundado en 1990 por un grupo de 15 mujeres supervivientes de violaciones de soldados británicos. El número de habitantes de esta villa ha crecido desde entonces y hoy día acoge también a mujeres que huyen de matrimonios concertados, violencia doméstica, mutilación genital y abusos sexuales. Todas estas prácticas son habituales en la zona en la que se ubica Umoja, en Samburu, al norte de Kenia.
Rebecca Lolosoli es la fundadora de Umoja. Estaba en el hospital recuperándose de una paliza propinada por un grupo de hombres cuando se le ocurrió crear una comunidad solo para mujeres. La idea le vino porque los golpes que había recibido llegaron por haberse atrevido a hablar a favor de los derechos de las mujeres en su pueblo.
Actualmente son 47 mujeres y 200 niños en esta población. Aunque viven frugalmente, estas mujeres emprendedoras han conseguido ingresos que les permiten abastecerse. Las líderes de la comunidad gestionan un campamento donde los turistas suelen parar. Las mujeres cobran una modesta entrada y una vez dentro del pueblo los visitantes pueden comprar joyería realizada por ellas mismas.
La matriarca del pueblo, según explican a The Guardian, ha recibido repetidas amenazas y ataques por parte de hombres, pero ella no les da importancia porque han logrado sobrevivir durante 25 años.
En los pueblos cercanos a Umoja sigue existiendo cierta reticencia a esta comunidad. En una de esta localidades, Samuel, el hombre más anciano, relata a The Guardian, que «la mayoría de los hombres tienen tres o cuatro mujeres». «Ellas piensan que viven sin hombres, pero eso no es posible. Muchas de ellas acaban con hijos porque van a los pueblos de al lado y son seducidas por hombres», explica el hombre sobre las habitantes de Umoja.
Sin embargo, muchas de las mujeres de este pueblo han confesado que no pueden imaginarse volver a vivir con un hombre. Una de sus habitantes, Mary, de 34 años, que fue vendida a un hombre de 80 años cuando tenía 16 por un rebaño de vacas, comenta que «no dejaría esta comunidad. No tenemos mucho, pero tenemos todo lo que necesitamos».

domingo, 28 de agosto de 2016

"La cultura no es una actividad del tiempo libre; es lo que nos hace libres todo el tiempo"



La escritora Luisa Etxenike. / Foto: TEDxAlmendraMedieval.
La escritora Luisa Etxenike. / Foto: TEDxAlmendraMedieval.
Luisa Etxenike (San Sebastián, 1957) es escritora de novelas y relatos, pero también reflexiona sobre el lenguaje, la realidad política o el porvenir con certera clarividencia como muestran sus frecuentes artículos en prensa. El próximo 18 de junio presentará un nuevo libro en San Sebastián, El arte de la pesca, reescritura de la última parte de su novela Los peces negros, una especie de 'collage' de cortos en relación con ese texto, que llevará una ilustración sonora a cargo del compositor Borja de Miguel.
Directora del festival literario   Un mundo de escritoras, miembro del Consejo de Redacción de la revista de cultura y pensamiento   Grand Place, el pasado sábado 18 de abril intervino en el evento TEDx Almendra Medieval, en Vitoria, para hablar sobre ecología lingüística: "Como las selvas amazónicas, las palabras también se expolian, se violan, se maltratan y hay que cuidarlas", comentó. 
¿De dónde surge tu argumentación sobre la necesidad de una ecología lingüística ante el empobrecimiento del lenguaje?
Yo le llamo ecología lingüística, pero podríamos hablar también de ecología del pensamiento, de ecología cultural. La reflexión viene de la constatación de la desertización que avanza en determinados campos que considero fundamentales, que son el de la cultura, el pensamiento, el arte, la creación intelectual. Y que tiene que ver también con un empobrecimiento del lenguaje. La relación con el lenguaje es la relación estelar de nuestras vidas y el perder ese matiz, esa ambición, se convierte en una catástrofe personal y social. Las Humanidades están siendo desterradas del sistema educativo y eso tiene consecuencias. Vemos cómo se ha despertado la conciencia ecológica y la ciudadanía comprende la pérdida colosal que supone la devastación del Amazonas, del mismo modo, hay bienes culturales, patrimonio, libros, capacidad de lectura de referencias que se están perdiendo, que se están devastando por el poco aliento que desde instancias institucionales se da a la preservación de ese patrimonio.
¿Podemos decir que esto es premeditado?
No quiero que mi pensamiento se articule en forma de la polémica o la provocación. Decir que esto es "premeditado" es un titular fácil. Sinceramente, creo que lo tenemos que abordar con serenidad. Es verdad que hay una identificación excesiva de la cultura con el entretenimiento, pero la cultura no es una actividad del tiempo libre sino lo que nos hace libres todo el tiempo. Hay una poderosísima industria del entretenimiento y eso nos hace perder de vista el sentido emancipador, el sentido de crecimiento personal y social que la cultura, y lo fundamental que es en este sentido la capacidad del lenguaje. No es lo mismo poseer 1.000 palabras que 40.000, en ningún orden de la vida. No en la vida del conocimiento íntimo, pero tampoco en la comunicación social y política, por eso creo que hay democracias de 1.000 palabras y democracias de 40.000. La cultura está mucho más cerca de la creación artística que del entretenimiento.
Junto al empobrecimiento del lenguaje, vivimos también la perversión de los significados, la invasión de la neolengua.
Es que al mismo tiempo que hablamos de la falta de siembra en el lenguaje, hay que citar la manipulación del mismo, acompañado por un conformismo con la ausencia de matiz, con la brocha gorda, con la perversión de los conceptos. Lo que llamo las apropiaciones indebidas del lenguaje, que es llamar a las cosas por nombres que no les corresponde. Todo forma parte del mismo conjunto que nos hace vulnerables a cualquier tipo de manipulación. Es fundamental tener del otro lado un receptor que sepa distinguir lo que le cuentan. Y no solo es responsabilidad de la escuela, también los medios de comunicación que no informan con el rigor que corresponde, o los discursos públicos que no preconizan el el matiz, el hilar fino en la expresión.
Eres escritora vasca en castellano, vives junto a la frontera con Francia, cuyo gobierno te ha reconocido como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, y tu obra se traduce a esta lengua... ¿Cómo vives el día a día de esta cultura trilingüe?
Cuando hablaba de ecología lingüística, hablaba de ecologismo de las lenguas, sin duda: lo que amenaza a una lengua, amenaza al resto. Creo que es una situación que se vive en todas partes, aunque bien es verdad que hay sistemas educativos que lo ven más claro y tratan de combatirlo. Cuando alguien cruza la frontera o se coloca frente a la ciudadanía francesa en el ámbito que sea, se queda maravillado ante lo bien que hablan. Está claro que el sistema educativo y el debate público franceses están más preocupados por la calidad de la lengua que el que tenemos a este lado de la frontera.
¿Y en cuanto a la convivencia entre el euskera y el castellano?
A mí no me importa en que lengua escribe una persona, sino lo que dice. Por tanto, quienes escribimos en euskera y castellano ya llevamos muchos años de convivencia, tenemos entre nosotros una relación fluida y natural y no confundimos la lengua de expresión con las convicciones de cada cual ni con los respectivos proyectos creativos. Otra cosa es el apoyo institucional, donde todavía hay trabajo que hacer. Seguimos teniendo instituciones volcadas en apoyar la creación en euskera más o de manera diferente que la que se hace en castellano. Y yo sí creo que se debería revisar la discriminación positiva al euskera. Por ejemplo, hasta años muy recientes, hasta que llegó el gobierno del lehendakari Patxi López, la edición en castellano no recibía ningún apoyo. Fueron muchos años de discriminación. Patxi López lo resolvió, pero a mi juicio todavía falta en las instituciones vascas una convicción más decidida para considerar que el apoyo a la creación no tiene que tener esa variable lingüística que deja en un segundo plano la creación literaria en castellano. Y me refiero, por ejemplo, al Instituto Etxepare, una ventana al exterior de la cultura vasca, que en su trabajo en la literatura en castellano necesita revisarse y, sobre todo, reforzarse.
En más de una ocasión, has reflexionado sobre la relación de Euskadi con España, ¿Cómo entiendes tú esa relación, o la de Cataluña, en estos momentos quizás más crispada que la vasca? 
Lo voy a decir simplemente: supongo que habrá personas que viven con conflicto el hecho de ser español o vasco. Pero hay muchas personas, entre las que me incluyo, que no viven con ningún conflicto el ser vascas y españolas. Es más, ese vivir sin conflicto les prepara también para ser otras cosas: europeos. No estamos en esa polaridad, sino en esa triangulacíón que es estimulante, necesaria, fundamental. Además, crucemos la frontera, como yo hago constantemente. Y me encuentro a mi alrededor con una mayoría de personas que viven sin conflicto ser vascos y franceses. Y a este lado, ocurre lo mismo: muchísimas personas que viven con alegría, con naturalidad, sin conflicto. Ese vivir así necesita un amparo político, que esté en el discurso público. A veces, la crispación viene de que el debate lo copan quienes viven en ese conflicto. En cualquier caso, creo que en el ámbito de las identidades, mi posición fundamental es que la identidad no es algo que recibimos de serie, como el equipamiento de los coches. La identidad es algo singular. Yo abogo, antes que por ser vasco, español..., por ser yo misma, con los mestizajes que la vida me va proponiendo. Hablaría de la originalidad íntima de la identidad. En ese sentido, sí puedo participar de una identidad común, dinámica, que es la de las convicciones políticas.
La aparición de nuevas fuerzas políticas, ¿nos sitúa ante una nueva era en la que esas identidades políticas de las que hablas tengan un impulso? 
La crisis económica ha destapado una realidad que estaba tapada por una ilusión de riqueza que no afectaba a todo el mundo. La crisis nos obliga a replantearnos muchísimas cosas, como una cierta inercia política que nos hacía entender como si las cosas funcionaran porque sí. Hay que replantear las convicciones de la izquierda, de la democracia y la aparición de nuevas fuerzas obliga a replantear esa inercia en una dinámica. Y todo lo que supone una dinámica es bueno. Dicho esto, yo no creo que necesitemos líderes o partidos providenciales, sino que necesitamos regenerar la relación entre la ciudadanía y la política, desde la convicción de que la política debe estar libre de toda sospecha. La calidad de la política viene por la monitorización que hace el ciudadano de la misma en tiempo real. Ha habido una inercia de abandono de esa capacidad que es al mismo tiempo una responsabilidad de la ciudadanía. Creo que estamos ante un momento estimulante.
¿Puede haber un paralelismo con los momentos posteriores a la muerte de Franco? 
Yo era muy joven entonces. Ahora las hemerotecas hablan de líderes políticos, pero yo me acuerdo de la calle, de la importancia que le dábamos a votar. Había una comprensión de que la democracia no se hacía de arriba hacia abajo, sino de la ciudadanía a la clase política. Es necesaria una ciudadanía lúcida, responsable, que sabe que la calidad de la democracia están en sus manos. Yo creo que tenemos que recuperar eso, pero para recuperar eso hay que recuperar lo primero, lo que iniciaba la conversación: una ciudadanía lúcida es una ciudadanía formada, capaz de hilar fino y sobre todo de leer fino los discursos.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Lidia Falcón: "A mi tía le quitaron la custodia de mis primas por roja"


Foto: Borja Sanchez-Trillá
Foto: Borja Sanchez-Trillá
¿Con qué color asocia usted el verano del 36?

¿Rojo sangre?
Rojo.
También rojo de las banderas, sobre todo de según qué ciudades... Yo pasé el verano del 36 en Madrid con mi madre. Mis primeros recuerdos son del Madrid bombardeado, de bombardeos que incendian el mundo. Aquella fue la primera vez que en una guerra se bombardeó deliberadamente a la población civil. En Madrid no había industria de guerra que justificara los bombardeos. Yo nací al lado de la Casa de Campo, en la calle Guzmán el Bueno, barrio de Argüelles. A trescientos metros del parque del Oeste, que fue prácticamente destruido.
Pero, ¿de verdad se acuerda?
Recuerdo muy vagamente cómo jugaba con unos árboles destruidos, árboles de varios centenares de años, estaban cortados allí. Me recuerdo poniendo no sé qué cosas en aquellos árboles con mi pobre abuela, que era la que estaba a mi cuidado, porque habían fusilado en Melilla a mi tío, capitán de aviación, el 19 de julio. Fue el primer fusilado “legal”. A su mujer la habían detenido. Pasó cinco años en la cárcel de Melilla. Sus niñas, de 8 y 10 años, ingresaron en un colegio de huérfanos de militares en Aranjuez. Mi madre y mi abuela se pasaron tres años enteros sin tener noticias de ellos. Y no las tuvieron hasta el final de la guerra, porque claro, nosotras estábamos en Madrid y ellos en la zona facciosa, no había comunicación posible...
¿Y cómo se acabó sabiendo lo que había que saber?
Al cabo de dos años y medio recibieron una carta de la Cruz Roja, a la que habían pedido ayuda para saber qué había pasado. Pero mi madre y mi abuela no supieron que habían fusilado a su cuñado y yerno hasta el fin de la guerra. Y su mujer tardó más de un año en la cárcel en saberlo. En un momento dado nos llegó una nota escrita de ella. Nada, tres líneas para decir: estoy viva. Eso era todo lo que nos llegó.
¿Cómo es ser niña en un ambiente así?
Yo nazco un año antes de la guerra, me crío como una niña de la inmediata posguerra. Menuda época, esa sí que tiene un color negro... Siempre que oigo informaciones de guerra, que por desgracia las hay todos los días, pienso en las posguerras. Cuando se acaben los bombardeos, los que queden vivos, ¿qué será de ellos? Pienso en aquella España siniestra, por la miseria que padecía la inmensa mayoría de la población. Y la miseria implica muchas cosas: hambre, frío, vivir en casas sin equipamiento ninguno... Nosotras no teníamos armarios para meter ropa. La teníamos que meter en un baúl, en una caja de cartón... Tampoco teníamos tanta ropa. Las mujeres nos pasábamos horas y horas remendando, yo misma, al nacer mis hijos, me pasé muchos años cosiendo.
¿Hizo mucho calor aquel verano?
En mi infancia bastante peor que el calor fue siempre el frío, incluso cuando ya vivíamos en Barcelona, que no tiene fama de ser una ciudad fría, pero la humedad se la come. Vivíamos en una casa sin ni una gota de calor. Teníamos un brasero en una habitación que se encendía al anochecer, cuando volvíamos todas de trabajar y del colegio. Eso sí, en verano, cuando se podía, con unas pocas perras se cogía un tranvía y se iba a la Barceloneta. Esa era una felicidad que aquí en Madrid no se puede disfrutar.
Foto: Borja Sánchez-Trillo
Foto: Borja Sánchez-Trillo
Si tuviera que asociar el verano del 36 con un personaje, ¿quién sería?
Podría ser Enrique Líster. Seguro que nadie lo elige. Yo le conocí muchos años después. ¿La impresión que me causó? Bueno... Pero sin duda era un personaje. Mira, aquella generación era una generación de gigantes. Los camaradas que aún sobreviven, incluso el que no pasó de militante de base o de guerrillero, eran gente extraordinaria. Con una fuerza, un vigor y una lucidez que no tienen los de ahora. Líster fue el protagonista de aquella guerra desde el lado rojo.
¿Fue su héroe de niña, Líster?
No, de niña yo tenía muchos héroes posibles. Empezando por mi tío, aunque yo no le recordara en persona. Pero había muchos otros. Pasionaria. Miguel Hernández...
¿Qué le evocaban estos nombres entonces y qué le evocan ahora?
Yo recibía la información sin censura adulta. Yo era distinta de otras niñas; el destino natural nuestro no era habernos quedado en España, sino haber salido al exilio, como salieron miles de intelectuales. ¿Que qué pasó? Pues que con parte de la familia desaparecida no te podías ir sin mirar atrás, abandonándoles...
Pues hubo quien sí lo hizo...
Bueno, eso lo hacían los hombres. Mi padre. Mi padre salió corriendo en enero del 39 y no volvió nunca más. Naturalmente si llega a volver aquí, siendo quien era y llamándose como se llamaba, lo habrían matado. Sin ir más lejos había creado el programa Altavoz del Frente, las famosas fotos con Miguel Hernández. Pero no todos los hombres huyeron abandonando a su familia, otros se quedaron. Con consecuencias funestas. Pero las mujeres no solían hacerlo en ningún caso. No se iban dejando a nadie atrás. Mi madre y mi abuela no iban a huir.
¿Recuerda usted cuando tomó conciencia, infantil pero conciencia, de que aquello no era una situación normal?
Oiga, es que sí era normal. A los satisfechos ciudadanos europeos del siglo XXI les parecerá algo insólito o aterrador. Pero toda Europa, parte de América y de otros países asiáticos estaban en guerra entonces. Cuando yo abro el ojo y me entero, y me entero pronto porque en mi casa se hablaban estas cosas, no era de esas familias que estos temas se ocultaban, es muy pronto. Los niños de cuatro o cinco años de entonces sabíamos mucho más que la mayoría de los historiadores de hoy.
Los niños de cuatro o cinco años de entonces sabíamos mucho más que la mayoría de los historiadores de hoy
¿A qué olía aquel verano de la guerra, Lidia?
A muerte.
¿A qué huele la muerte?
Pues cada uno puede imaginarlo, pero todo lo malo de los olores que puede haber. A muerte, a miseria, a injusticia...
Foto: Borja Sánchez-Trillo
Foto: Borja Sánchez-Trillo
¿Qué recomendaría usted leer para entender mejor todo aquello?
Pues se acaba de reeditar Celia en la revolución, de Elena Fortún. Conseguíamos libros, entre otras cosas, porque mi madre trabajaba de administrativa en lo que primero fue la Oficina de Prensa y Propaganda, creada el 39 en Barcelona, y que luego se convirtió en la Delegación del Ministerio de Información y Turismo. Allí iban a parar los libros que recogían en camiones los censores del ministerio, pasaban por las librerías y las bibliotecas, y los libros que recogían pero no quemaban, se los llevaban en camiones y los tiraban en el sótano de la Delegación. Y, cuando podía, mamá se metía allí y cogía algún ejemplar. Estaban todas las obras prohibidas por la Iglesia, todas las del índice. Víctor Hugo, Pío Baroja, Unamuno, Emilia Pardo Bazán, etc, etc. Todos los grandes estaban en ese sótano. Y se conseguían algunas publicaciones que habían entrado por vías clandestinas. Celia en la revolución lo escribe Elena Fortún precisamente en el verano del 36.
Mi madre trabajaba en la Oficina de Prensa y Propaganda y robaba los libros prohibidos que se acumulaban en el sótano
¿Y alguna lectura NO recomendada?
Madrid, de corte a checa, de Agustín de Foxá. Es la basura fascista más repugnante que hay.
¿Alguna película?
Pim, pam, pum... ¡fuego! Con Concha Velasco y Fernando Fernán Gómez, dirigida por Pedro Olea en 1975. Es de las pocas películas que se han hecho sobre la posguerra. Todo el cine español sobre aquellos años está edulcorado, está embellecido, como sugiriendo que aquello fue una tragedia pero no tanto, que nos reprimieron pero no exageradamente, que todos fuimos héroes, como en Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, hace diez años o así entramos todos de cabeza en ese buenismo, ese consenso, con la vergüenza además de clasificar la guerra civil española como una guerra fratricida, entre hermanos. Haciendo como que había dos bandos, los dos igual de buenos o malos. Como si no hubiera habido nunca un gobierno legítimo, la República, y un grupo de militares facciosos apoyados por Hitler y por Mussolini que la destrozaron. Ponerse a hablar de dos bandos como si fueran dos familias de mafiosos que se van matando... En cambio, en Pim, pam, pum…¡fuego! se hace una importante excepción. También me gusta mucho Ay, Carmela, que además la recuerda más la gente...
Casi todo el cine español sobre la guerra y la posguerra está edulcorado y embellecido, como si todos hubiéramos sido héroes, como en 'Los girasoles ciegos'
¿Una canción?
La Internacional.
¿Hasta qué punto la reconstrucción adulta e intelectual de hechos tan fuertes no altera, no modifica la vivencia real?
Para mí no hay ningún corte de la memoria a partir de la cual esta se tenga que reconstruir. La vivencia es contínua, no cesa nunca, no se interrumpe. A mi tío capitán de Aviación lo matan al principio de la guerra en Marruecos y mi tía sale cinco años después de un penal medieval de Melilla. No pudimos ni ir a buscarla el día que salió, le dieron un billete de tren de esos para los presos, más un mínimo dinero para que pudiera comer durante el viaje, transbordador a Algeciras y allí un tren hasta Madrid... Ese fue el reencuentro, mientras tanto mis primas estaban internadas en el colegio para huérfanos de militares en Aranjuez. De donde hubo que sacarlas con recomendaciones y peticiones de favores porque a la madre le habían quitado la custodia por roja. No se la volvieron a dar nunca más. Se consiguió que las dejaran convivir con la madre a condición de ir a un colegio de monjas.
A mi tía le quitaron la custodia de mis primas por roja y nunca se la devolvieron, pero les permitían convivir a condición de llevarlas a un colegio de monjas
El primer año en Barcelona fueron entonces a un colegio de monjas. Más tarde se consiguió que las monjas hicieran el informe mensual, les dieran notas y todo, pero sin necesidad de que ellas fueran a clase. Así pudimos ir todas juntas a una academia de barrio. En aquella época había que escoger entre la escuela fascista y el colegio de monjas. Pero había unas academias privadas que se abastecieron sobre todo de los profesores republicanos depurados, los que sobrevivieron, y ellas y yo tuvimos la suerte de poder ir a una de esas academias.
¿Van por ahí sus primeros recuerdos felices?
Yo fui feliz. Fíjate qué cosa, con todas estas historias tan siniestras que te estoy contando. Pero yo fui feliz, gracias a mi madre, mi abuela, mi tía, y seguramente también gracias a que yo tengo un temperamento bien predispuesto a ser feliz. Por mucho que otros han procurado impedirlo. Una cosa a mi favor, creo, era que yo sólo tenía mujeres en casa. Yo nunca experimenté ningún sentimiento de pérdida por no tener padre. Ya se sabía que a todos los hombres de nuestra familia los habían machacado, habían matado a mi tío, el abuelo separado de la abuela se había exiliado, etc. Yo oía a mis compañeras contar cosas de su familia, y estaban continuamente diciendo, es que mi padre se ha enfadado ayer, es que mi padre no me deja hacer esto o lo otro, hay que ver cómo se pone, no sé si podré ir a tal cosa porque le tengo que pedir permiso a mi padre, etc, etc... Y yo barruntaba que aquello no me iba a gustar nunca. Yo pensaba, pues a lo mejor no es tan malo esto de no tener padre, porque así yo puedo vivir de otra manera...
Yo tuve la suerte de ir a una de las academias privadas que se nutrían de profesores republicanos depurados
Suena como si usted se hubiese criado con las amazonas...
Vivir y crecer con aquellas mujeres inteligentes, generosas y valientes, que además te enseñaban todo lo que se podía enseñar, yo sabía de Política y de Historia y de Literatura a los diez años mucho más que ningún niño de ahora; además, me daban mucha libertad, iba y venía yo sola de la academia. En resumen, que con un fondo de tragedia terrible, pero yo era feliz. Era una niña, jugaba y me desarrollaba. En Barcelona, de niña, creé una banda de bandoleras urbanas...
¿Perdón?
Yo agitaba al personal, siempre lo he hecho. Hoy se habla del bullyingescolar. Pero en aquella época lo que había era salvajismo escolar. Sobre todo contra las niñas, las pocas niñas que íbamos a estas academias privadas que te dije, las únicas escuelas de la época donde íbamos chicos y chicas juntos. Y ellos nos atacaban con un salvajismo, con una violencia... Yo tenía ocho años cuando empecé el bachillerato, siempre he sido muy precoz, y los chicos que iban a clase conmigo tenían diez o así. Y se divertían pegando a las niñas. Ahora el tema se denuncia, lo cual está muy bien, pero en mi opinión las víctimas se deprimen demasiado y en cambio se organizan poco para defenderse.
Foto: Borja Sánchez-Trillo
Foto: Borja Sánchez-Trillo
Piensa que en la época se llegaba a argumentar a favor de la educación segregada por sexos que era la única manera de proteger a las niñas de la violencia de los niños. A mí no me pegaron nunca, pero lo normal era que ellos empezaran la mañana tirando de las trenzas y dando empujones. Luego quitaban los libros, etc. Hasta el día que me lo pretendieron hacer a mí. Dejaron una cartera llena de libros en el asiento que me tocaba ocupar a mí. Yo la aparté para sentarme y entonces vino el machote con aires de propietario. "Eso lo dejas donde estaba", me gritó, yo agarré la cartera y la arrojé al otro extremo del aula. Él se me tiró encima. Era como el doble que yo. Empezó a pegarme como podía pero yo le mordí en una mano. Era pequeñuja y desvalida pero le mordí a fondo, como una rata. Me agarré a su mano y si no me llega a soltar ya te digo yo que acaba en el hospital, que le tienen que reconstruir la mano. Se quedó pasmado. Y con él todos los demás. Las niñas aterradas en un rincón, mirando despavoridas aquella pelotera, los chicos animándole a él... Y bueno, no recuerdo si con este llegué a caerme al suelo, con otro sí, con ese otro ya me tuve que pegar formalmente, dando tumbos por el suelo. Cuando por fin me soltó y vio que la mano empezaba a hinchársele se me quedó mirando como si yo fuera un monstruo... Una fiera... Ya nadie se atrevió a pegarme a mí ni a ninguna otra niña de mi escuela.
Mi colegio era mixto y los chicos a las chicas nos hacían no 'bullying' escolar sino directamente salvajismo escolar; para defendernos tuve que morderle la mano a uno y crear una banda de bandoleras urbanas
Aquel curso terminó así hasta que el curso siguiente llegó otro machote, en este caso la provocación inicial consistió en tirarme el abrigo al suelo, en este caso ya no esperé más para lanzarme encima de él y rodar por el suelo mientras los otros chicos comentaban del nuevo, uy, éste no la conoce...
La Calamity Jane de la posguerra…
Ante todo esto yo cogí a las dos o tres niñas que me parecieron menos pasivas o cobardes y con ellas pues lo dicho, organicé una banda. Nos hicimos unos látigos con unas cuerdas. Y además dábamos batalla en la calle, en la plaza Universidad, en la ronda Universidad, la plaza Sepúlveda, la calle Muntaner... Allá íbamos a dar correazos. Una vez hasta nos detuvieron porque se nos ocurrió quitar las pinzas de la ropa con que en los quioscos sujetaban los periódicos. Tampoco sé por qué me dio por ahí, pero claro, es que a la que te desorbitas, pues ya... Claro, un día nos cogió el quiosquero por banda y se lió. No digo que esto que hacíamos estuviera bien. Pero la vida es eso. Yo creo que lo sigue siendo, pero como ahora vivimos en la época de los corazones de colores, ya no hay lucha de clases, ya no somos ni siquiera mujeres, ya somos género. Todo ha cambiado, no existe controversia, todo es consenso. Puaj.