Desde su debut como guionista y directora a finales de los ochenta, Isabel Coixet ha firmado una veintena de títulos, entre películas y documentales, que la retratan como una directora comprometida con el cine, las historias que cuenta y el mundo que habita. Por ello, el equipo de Mujeres a Seguir ha querido reconocer su carrera otorgándole el Premio Especial a la Trayectoria Profesional. Quedamos con ella en el hotel en el que se alojaba en Madrid mientras rodaba la segunda parte del documental sobre Cai Guo-Qiang que acompaña la exposición del artista chino que exhibe estos días el Museo del Prado. Está también a punto de estrenar su última película, La librería, adaptación de la novela homónima de Penelope Fitzgerald que, por cierto, ha ganado el premio a la mejor filmación literaria de la Feria del Libro de Frankfurt. Sin embargo, son las 10 de la mañana e Isabel Coixet ya ha hablado por teléfono con tres medios internacionales, pero nadie le ha preguntado por sus películas. Todos los periodistas le reclamaban su opinión sobre el procés. Y es que, en los últimos meses, Coixet se ha convertido en una de las voces más críticas con ese proceso soberanista que ha llevado a su tierra, Cataluña, al borde de la fractura. Está claro que hablar de cine resulta para ella un alivio en estos momentos. Quizá no su único refugio, pero definitivamente uno de los mejores.
En realidad tú estudiaste Historia. ¿A qué pensabas dedicarte? 
Yo nací en una familia obrera, mis padres eran trabajadores. Poca gente de mi familia había hecho una carrera universitaria, fui una de las primeras por ambos lados. El cine siempre fue mi vocación, mi gran pasión. También me interesaba el periodismo. Pero siempre tuve claro que tener una formación humanística era importante. Cuando fui a la facultad estábamos en plena Transición. Tenía 14 años cuando murió Franco, viví todo ese proceso. Yo era una persona inquieta. No es que fuera una activista política, pero sí tenía una mirada crítica sobre el pasado, sobre el presente y me interesaba conocer las bases del futuro, y la historia me dio esa formación. Conocer las grandes corrientes de pensamiento que movieron el XVII y el XVIII y cómo hemos llegado a la sociedad de hoy me parecía fundamental.
Pero ¿tenías en mente dedicarte al cine?
Para mí el gran momento de la semana era ir al cine. Era algo que me fascinaba. Y siempre tuve una vaga idea de dedicarme a ello. También tenía una vaga idea de lo que hacía un director. Pero empecé trabajando en publicidad. Tuve la suerte de entrar en una agencia muy creativa en ese momento, MMLB. Empecé de casualidad, no sabía nada de publicidad.
¿Cómo aterrizas allí? 
A través de uno de los socios de la agencia, Marçal Moliné, que también tenía una revista. Yo había escrito para esa revista, les había enviado cosas por mi cuenta. Como necesitaban jóvenes creativos, tres de los que habíamos escrito allí entramos en la agencia. Me dieron una oportunidad, como digo, sin tener ni idea de publicidad. Y seguía estudiando mientras trabajaba. La facultad de Historia estaba a 400 metros de MMLB. Aún no sé cómo lo hice.
Eran los ochenta, una época estupenda para trabajar en publicidad. 
Al año de empezar en la agencia ya había tenido otras diez propuestas de trabajo. Fue una gran época por mucho motivos. Primero, en ese momento había en las agencias una libertad para el creativo que creo se ha perdido. El primer rodaje de un anuncio al que fui lo dirigió Pilar Miró, que para mí era un referente, alguien inalcanzable. El segundo fue de un spot del Banco Bilbao, dirigido por Eduardo MacLean y en el que la luz la hizo John Alcott, el director de fotografía de Kubrick. Recuerdo estar pensando que eso era el paraíso: luces, cámaras y John Alcott, que estaba bastante mayor y un poco gagá, pero era un lujo de todas formas. La publicidad me dio la oportunidad de ver trabajar a gente muy grande. Desde luego, toda mi escuela de cine fueron los rodajes de anuncios a los que fui y las horas que pasé montando y aprendiendo lo básico del oficio. Sobre todo me dio algo muy importante, y es el no tener miedo a la cámara. Antes los directores de publicidad hacían de operadores de cámara y a mí siempre me ha parecido algo muy natural. Siempre he hecho la cámara de mis películas y he trabajado mucho con los directores de fotografía.
¿Cómo pasaste de creativa a realizadora? 
Cuando llegó la primera gran crisis de la publicidad me pasé a dirigir anuncios. Clientes que había tenido como creativa confiaron en mí para dirigir sus anuncios. Nunca le estaré bastante agradecida a la gente de Freixenet, por ejemplo, que me dio la oportunidad, con un respeto y una libertad totales, de hacer uno de mis primeros anuncios, un spot de Cordón Negro. A partir de ahí gané confianza y tuve claro que lo que quería era dirigir.
De los anuncios pasaste a las películas, que fueron bastante bien recibidas desde el principio, pero tú sueles ser muy crítica con esos primeros trabajos. ¿Por qué?
Hay una cosa que siempre les digo a los estudiantes de cine cuando doy una masterclass en alguna escuela: la idea que tienes del cine y la realidad son cosas distintas. Que estés enamorado de la idea de ser director es una cosa. Que ames dirigir películas es otra. Mucha gente está enamorada de la figura poética del director, que es falsa, construida a partir de los referentes que todos conocemos. La realidad no es así. La verdad es que no hay una manera de dirigir a un actor, hay tantas como actores. Cada uno te pide algo distinto. Es muy importante cultivar la empatía, saber qué necesita cada uno, si es que seas su canguro, su madre o simplemente que le dejes en paz. Cuando tienes en una misma película y en un mismo plano a dos actores que son dos mundos tienes que jugar con lo que ellos necesitan y, a la vez, ser fiel a ti misma. Es un equilibrio que debes crear tú. Nadie te lo va a enseñar, lo aprendes con el tiempo. Tienes que ser consciente de lo que quieres contar, cómo te posicionas respecto a eso y cómo trabajar con esa persona que va a ser tu instrumento para hacerlo.
¿Es ese punto de vista lo más importante para ser director? 
Para mí es lo fundamental, lo que te ayuda en los momentos en los que no sabes dónde colocar la cámara, cuando una localización no es lo que esperabas o cuando ves que el guion, lo que tú habías escrito sobre el papel, luego no funciona. Tienes que preguntarte qué es lo importante, qué quieres contar y cuál es tu punto de vista sobre ese tema, sea la amistad, la soledad, el amor, la muerte.... Esa construcción del punto de vista te la tienes que currar tú, ninguna escuela te lo enseña. Consiste en vivir, estar presente en el mundo y equivocarte mucho. Yo me he equivocado muchísimas veces, pero creo que al menos en el 90% de los casos lo he hecho honestamente, no para pretender nada.
Y, sin embargo, hay gente que considera que tus películas son pretenciosas. ¿Te molestan los reparos de mucha gente respecto al cine de autor? 
Sí, pero la pérdida es suya. La gente es cada vez más vaga y no creo que mis películas requieran un esfuerzo excesivo. Que prefieren ver Fast & Furious 17, vale. Yo no puedo, y mira que veo películas de todo tipo. A mí me interesa la mirada del director. Lo que piensa un húngaro de 30 años sobre el aborto me interesa. Las franquicias, no. A Starbucks nunca voy.
¿Te gustaría llegar a más gente? 
Me encantaría, pero no si para eso tengo que hacer Crepúsculo. Es que tampoco lo haría bien.
¿La cuestión formal, el estilo, te va preocupando más o menos a medida que haces más películas? 
Es curioso, pero nunca me preocupó. En mis películas puedes reconocer cosas familiares, pero que no tienen que ver con el estilo, sino con el espíritu. Creo que la historia da el estilo. También es verdad que trabajo con un aliado formidable, Jean-Claude Larrieu, mi director de fotografía, con el que colaboro desde los años de la publicidad. Hace 29 años que trabajamos juntos y nos entendemos muy bien.
¿Cómo te enganchó la historia de La librería
Hace unos años descubrí, como muchísima gente, a Penelope Fitzgerald. Fue una mujer con una vida durísima que comenzó a publicar a los 60 años. No escribió mucho, pero cuando se puso, cogió carrerilla. Para mí La librería es su gran obra. Sucede en 1959 en un pueblo de Inglaterra. La protagonista se llama Florence Green y es una viuda de mediana edad que quiere abrir una librería. Muchas veces me han preguntado si las protagonistas de mis películas tienen que ver conmigo. Siempre respondo que tienen que ver con gente que he conocido o con cosas que he vivido, he fotografiado o he documentado, pero no puedo decir que tengan que ver directamente conmigo. Sin embargo, cuando leí esta novela me dije: esta soy yo. Flaubert decía ‘Madame Bovary c’est moi’. Pues bien, Florence Green soy yo. No he vivido en Inglaterra, ni en los cincuenta, ni soy viuda, pero hay algo que nos une. He cambiado cosas de la novela, porque me parecía que eran difícilmente comprensibles para el espectador y que le podían desviar del tema principal, que para mí es algo difícil de explicar con palabras, pero que me atraviesa y que vengo observando desde pequeña: la lucha de la bondad genuina, que no del buenísimo, cuidado, con todos los hijos de puta y la maldad que hay en el mundo. Es algo que se manifiesta en todas partes: en el patio del colegio, en el trabajo, en las relaciones de amistad… Emily Mortimer ha creado, además, un personaje maravilloso. Es una actriz a la que quiero, de esas personas a las que no hay que explicarles demasiado las cosas. Ella entendió desde el principio quién era Florence Green y quién era yo, y tuvimos una conexión alucinante. La película es un canto de amor a la lectura, a los libros y a ser bueno aunque te estén dando hostias. Sin llegar a convertirte en ingenuo, porque llega un momento en el que tienes que darte la vuelta. Siempre he luchado mucho con la parábola de poner la otra mejilla. Es verdad que a veces la he puesto, no del todo convencida de que tenía que hacerlo. Pero ahora creo que cuando te dan una hostia, hay que dar dos.
Es difícil no relacionar lo que dices con lo que está pasando en Cataluña. 
Sí, es la historia de una persona básicamente buena a la que le joden la vida, pero, además, por nada. El mecanismo es sencillo, pero universal. Ella quiere tener una librería. Es la ilusión de su vida y encima es bueno para el pueblo, pero hay alguien a quien le parece mal y se dedica a joderle la vida. Lo que hace que la cabeza me dé vueltas como a la niña del exorcista es el porqué. En este conflicto también: todo esto que se ha montado, para qué. A quién beneficia realmente es algo que ya ni se sabe.
¿Te has arrepentido en algún momento de haber dado la cara en este tema? 
No, alguien tenía que hacerlo. No podíamos seguir en silencio. Me hubiera arrepentido mucho más de no haberlo hecho.
Háblanos de El espíritu de la pintura, el documental sobre Cai Guo-Qiang que estás rodando ahora. 
Es un vídeo que acompaña la exposición y que creo que situará al espectador que no conozca la obra de Cai. Él utiliza la técnica de la pólvora, que es muy interesante de ver. Yo nunca había visto nada igual. Empezamos a grabar en Nueva York, porque él comenzó a trabajar en el estudio que tiene en New Jersey, en medio del campo, y seguimos en Madrid. Asistir al proceso de un creador desde la gestación del proyecto, desde que el Prado le propone hacer esto, hasta ahora que se estrena la exposición, ha sido muy bonito.
¿Y él se ha dejado? Porque no debe ser fácil ponerse a crear delante de una cámara.
Yo no podría. En mi caso, cuanta menos gente tenga alrededor, mejor. A él le gustan las cámaras. Lo que pasa es que desvela poco, pero lo intentamos.
Hace poco te has metido en la ciencia ficción con un proyecto para Gas Natural.
Ha sido muy divertido, una experiencia más difícil de lo que pensaba. Nos hemos reído mucho, pero también hemos sufrido mucho en algunos momentos. Eran cuatro historias muy diferentes y ha sido complejo encajarlas en una película. Pero me ha dado la oportunidad de trabajar con actores como Lluís Homar, Carmen Machi, Ursuela Corberó, Belén Cuesta, Hiba Abouk o Pablo Rivero, y lo he disfrutado mucho.
¿Te gustaría hacer comedia? 
En realidad hice un corto anterior para Cinergía que es lo único de comedia que he hecho hasta ahora. Me lo pasé genial con Silvia Abril. Me encantaría hacer una comedia, pero parece que de natural me sale más hacer llorar.
¿Y te salen mejor los personajes femeninos? 
Justo ahora estoy escribiendo una historia de un personaje que es medio mujer, medio hombre. Creo que he escrito muchos personajes masculinos que me gustan tanto y que tienen tantos matices como las mujeres.
Ahora está habiendo mucho movimiento de mujeres cineastas reclamando más visibilidad para ellas y sus historias. ¿Existe un cine hecho por mujeres, una cierta mirada femenina? 
Es la pregunta del millón. ¿En un test ciego la gente sabría si una película ha sido dirigida por una mujer o por un hombre? Yo veo Wonder Woman y sé que la ha dirigido una mujer porque me lo han dicho, pero la podría haber hecho un hombre. Hay mujeres con mucha fuerza y hombres muy sensibles, y directores de todo pelaje. La situación de la mujer directora es la misma que la de la mujer en la política, la notaría o la abogacía. O sea, de ninguneo constante. Esa es la realidad. Ahora, que la mirada femenina sea diferente, no lo tengo tan claro. La película de Carla Simón, Verano 1993, es de una sensibilidad extrema. No sé cómo ha dirigido a esas niñas. Últimamente he visto muchas películas con niños. Acabo de ver una chilena que se llama Rara, dirigida por otra chica con dos niñas que me parecieron para llevártelas a casa. Dos crías de 13 y otra de 8 con una cantidad de matices impresionante. Pero veo Nadie sabe de Kore-eda y tengo la misma sensación. La podría haber dirigido una mujer perfectamente. Suelo decir que la diferencia de las películas de mujeres es que siempre sale alguien haciendo una cama. En las películas de los hombres nunca pasa.
¿Qué directores te interesan ahora mismo? 
Me interesa todo lo que haga Aki Kurismaki, aunque sea salir borracho a recoger un premio. También tengo muchas ganas de ver lo que van a hacer todas esas directoras nuevas.  
Esta entrevista se publicó primero en el nº3 de nuestra edición en papel.